sábado, 30 de abril de 2011

POETAS MEXICANOS.


ROMÁN LUJÁN
(Monclova, 1975)



TRIZADURA.


Atravieso el dolor
doy vuelta a la ola del espanto
a esta página de furia carmesí
porque mis venas se cansaron de invocarte
porque mi frente ya no apunta sino al ángulo en
que ondulas la sonrisa
ese pañuelo moribundo

a ciegas lo atravieso
como si fuera una sustancia
gelatinosa
ensayo torpemente el balbuceo
que se obsequia en todos los andenes
y a pesar del invierno
abro los ojos
para que el viento cicatrice tus perfiles

Atravieso el dolor
imbécil
como si el dolor pudiera atravesarse
semejante al que salta por un aro en llamas
y pretende
no llenarse el aura de cenizas
al náufrago que olvida las noches sin respuesta
al divisar la proa

y como nada puedo atravesar
rasgo los muros
con los nudillos de esta voz roída despojada
de obscenos sustantivos
de tu cuerpo
onomatopeya de la luz entre mis brazos
de esta voz que ya no sabe atravesarte
de esta voz en la que sobrevives como un nombre
que desde hoy designa al aire y mi camisa
al espejo y lo que esconde
al café humeante al sacrilegio
del aura sin orillas
a tu silueta
al sol





JAIR CORTÉS
(Calpulalpan, Tlax., 1977)




EN ESE CIEGO IMPULSO.

I

El ojo
sólo está enfermo,
nublado por un tiempo.

En el momento en que todo se ilumina,
deja su ceguera atrás
e inicia el reconocimiento de su verdugo:

muere la neblina
y lo difuso del paisaje.

Así el corazón,
en ese ciego impulso
también sabe detener el galope
y entender el brillo de los cuerpos
aún en lo más oscuro de la entraña.

II
El momento de la ira es un rayo,
un estruendo en el puño que golpea la mesa,
el flujo de las diatribas que rompen los cristales,
el ciclón de la frase y su teoría incomprensible.

La retina se estremece frente a un grito de lumbre.

En ese punto único
el hombre estalla
y es un río,
el salvaje paso de los caballos en estampida.


III
Ni el manto bordado de la castidad
ni los lados perfectos del cuadrado
ni el cuervo en su misterioso vuelo
ni la locura de los ríos al anegar los campos
ni la cópula bajo el velo del matrimonio
ni su juego inútil de rompecabezas
ni la risa del niño que juega con el revólver de la inocencia

No hay nada
que no pueda ser tocado por la ofensa.

IV
Es el rencor la cicatriz,
la herida gana terreno en la memoria
el olfato percibe un extraño aroma a trigo quemado.
¿Quién olvida a su verdugo?
¿Quién puede olvidar el portentoso aguijón del que nos agrede?

La parte que también se hereda es el resentimiento:
el leproso levanta la vista y, en el más pleno de los silencios,
renuncia a Dios.


V

¿Qué hay en los ojos del que odia?

¿Pureza negra?

¿Por qué la luna se aparta de su vista?

¿Qué hay en los ojos del que odia
que todo puede ensuciar con la mirada?




LUIS JORGE BOONE
(Monclova, 1977)




UNA LÁGRIMA.



Muchacha, no sonrías.
No podré decir qué tristes ojos
y eso suena bien.
Haz que tiemblen tus labios arrepentidos
y no alcancen a pronunciar mi nombre.
Mira hacia la puerta como si pasaran los días
sin verme llegar.
Y si extrañaras tal vez un amor perdido…
Mira tranquila
no eres elocuente.

Muchacha, no digas nada.
Déjame imaginar cuánto cabe en el silencio:
que eres de esas niñas
melancólicas cuando llueve,
que escriben cartas de amor y nunca las envían
y cantan bajito
para no llorar en voz alta.

Muchacha, aún no sonrías.
Nos queda el final:
tu cabello inmóvil,
un rumor de gotas,
tu mirar doliente
perdido entre las nubes obstinadas
y una lágrima,
una sola lágrima por todos los poemas
que no podremos escribir
siendo felices.




EDUARDO SARAVIA
(D.F., 1977)


LA DURMIENTE.



Soy el sueño de la mujer que amo:
despierto cuando duerme.
Cierra los ojos y me encuentra,
tendido en una cama, a su costado;
nos levantamos a pasear por donde no hay caminos,
no existen palabras que alcancen al silencio.
La mujer que amo
es una sombra blanca entre mis manos,
la noche desnuda me la entrega.
Sabe que al despertar
morirán las cosas que tocamos juntos,
se perderá lo andado.
No despierta,
pero ya siente que la luz del día
comienza a interponerse entre nosotros,
ya siente que me alejo.





LUIS PANIAGUA
(Guanajuato, 1979)



Sobre la noche
tatuada de relámpagos
oigo llover
oigo a un perro despeñándose
en el abismo de su aullido

Como si no existiera
más que la lluvia
la oscuridad prepara su naufragio
como si no existiera
más que la lluvia
inmóvil y empapada
Afuera está la bestia
de la melancolía.




ÓSCAR DE PABLO
(D.F., 1979)


SANTIAGO.


es martes otra vez/ otra vez llueve
es Santiago de chile y es invierno
tú caminas como un árbol sin sombra
absorta en el silencio/ inexorable
como una sola nota sostenida

es martes otra vez/ otra vez llueve
el cielo enorme nada vientre arriba
triste y azul mucho antes de sí mismo

yo sé que donde estés/ en cualquier parte
será también invierno y será martes
serás agua de estrella desde nunca
serás amarga niebla hasta perderte
y una lengua de sombra ira escribiendo
su música de leche por tus senos.

jueves, 28 de abril de 2011

Arlette Luévano - poesía mexicana.

Arlette Luévano (Aguascalientes, 1976) es Maestra en Derecho Constitucional y Amparo por la Universidad Iberoamericana. Desde 1997 dirige el suplemento cultural Ananke del diario Página24. Forma parte del comité editorial de la revista Parteaguas, del Instituto Cultural de Aguascalientes. Ha publicado los libros de poesía Casi verde y Apostillas negras. También, en ediciones colectivas, los poemarios Rituales, Informe sobre trenes que llegan y desaparecen y Tercera persona. Recibió el Premio Efraín Huerta 2006 por Casa en ruinas.

POEMAS.

********************

Hoy llueve. Las palabras salen sin invitación. Vuelan hacia las nubes para empatarse con sus hermanas de agua. Desnudas, se acercan unas a las otras, se apilan, se contagian. Llueven con la música fría del desamparo.

Está de más decir que yo quisiera llegar hasta ti del mismo modo. Sobra decir, pero no hay más que dejarse llevar con transparencia.

Cuando llegan a la tierra estas palabras, se adelgazan hasta ser una pequeña línea. Se vuelven oscuras y arenosas. Se estrellan contra la tierra con la fuerza de una batalla y se dejan morir suavemente, con la resignación impregnada. La música cesa. El silencio es el pretexto para deshilvanar el fárrago que acaba de caer. Los restos son sólo humedad sin soberbia.

La boca queda abandonada, es una cripta enorme formada de pliegues y vapores. Se consuela en su tibieza.


*******************
La respiración que continúa
no es más que el miedo a la muerte.

******************


Hay una ciudad que lleva tu nombre y no la conozco
Me he quedado aquí, junto a todo lo que abandonaste

y mis preguntas nunca habían sido tan inútiles como ahora que no hay respuesta posible
que no hay palabras suficientes para hacerlas
ni viento que las tome y las lleve hasta donde pudieran calmarse o cansarse de ser

Tampoco, de pronto, conozco lo que fuiste
Eres un recuerdo, un vislumbre

y me duele algo que no sé qué es.

*********************************

Volar
como sueño de niño
como dedos en la sombra
con ligereza marina

Libre como la noche en silencio
subir al sueño de mamá
que viaja a ninguna parte
desde una tierra
sagrada en el recuerdo.

****************************

Ella quería volar sobre el mar que imaginó
una tarde de paréntesis que aún le envidio

Ella quería extender su cuerpo contra el aire

dormir y continuar viajando
gritar y arder sobre las piedras

quería permanecer
en la luz precisa
que enciende los cuerpos sin tocarlos

Supondría yo que la muerte libera
que permite trascender a los desastres

y ante la imposibilidad
mi voz es un reclamo

Ella no vuela
no sabe llegar a donde el mar

Está olvidando qué quiere creo
y no es eterna
ni sonríe

Algún camino debería extrañarla
Sería lo justo

o sería más que este llanto intraducible


o tal vez supongo nuevamente
ella querría.

viernes, 6 de agosto de 2010

Poemas de Pablo Romay. México.

Pablo Romay (1976) es ciudadano del mundo y ciudadano mexicano, poeta, periodista, traductor de dos idiomas, fotógrafo, y de profesión piloto aviador. Es budista desde 1995, filosofía que influye en sus poemas. Como periodista freelance ha publicado en una decena de revistas.

NÁUFRAGO DE TU OCÉANO.


Soy todo tuyo, me posees
atraes con un movimiento
una mirada, me quita el miedo, la ropa
me rodeas como noche bendita
siento mi piel hundirse en ti
tu inmensidad
tiemblas, tu océano se encrespa
tus blancas olas se agitan
avanza la tormenta
me inundas
me estremezco
te abrazo
como náufrago a medio mar
te aferro rendido
me entrego
me dejo ir
me voy
te despliego mis entrañas
y caigo
me recuesto en ti… ahogado.




MARINERO.


Desde que mi madre me tomaba en sus
brazos se entreveía.
Crecí admirando el mar abierto,
la marea de todos los días pasando frente a mi
las olas llamativas de todos tamaños.
Y me preparé para ser un marino;
hasta el día de hoy, me dispongo
con mi uniforme de cielo y sol
y mis ojos que escudriñan los astros mirándome
listo a abordar el barco vivo
a navegar
a sucumbir
entre el oleaje inevitable
y la espumosa blancura de tus pechos.




TUS PECHOS ME RECUERDAN AL MAR.


Fluyen a través de mí
refrescantes,
deliciosas olas juguetonas
golpean insistentes
mi proa pectoral
que se mece sobre ti
se abre paso ferviente
por tu mojada inmensidad oceánica
mientras nos entregamos como gaviotas
al infinito.



MI MANO Y TU TIERRA PROMETIDA.

Tu carne, sangre y huesos,
tu cuerpo misterioso acostaste junto a mi
en la negrura cubierta de la noche.
Tú dormías y despertabas con tu calor mis instintos.
Mi mano aventurera
se lanzó en una expedición a tu inmensidad
y acampando en tus valles te despertó poco a poco
se presentó
y la hiciste bienvenida
te fue tocando el espíritu en las partes sensibles de tu piel
se hizo tu amiga
y osada se metió como semilla a tu fértil tierra abierta
y se hizo tu amante
hasta que no hubo recatos
y te pusiste a bailar con ella en un
frenesí alocado
hasta caer rendida.

Pero mi mano no había saciado su sed…



HERIDA ENTRE LAS PIERNAS.

Mujer terrestre,
pudorosa se esconde entre tus muslos,
reservada del mundo,
una herida que no sana entre las piernas,
una llaga de amor,
que exuda olores que despiertan los instintos,
ventilados por las faldas.
Altar donde nace el deseo,
boca que gime,
yo quiero lamer esa herida,
como curandero ancestral,
esperando curarte ese amor lastimado,
esa percepción de sexo débil,
dolor y placer en conflicto.



PÁRATE, QUIERO DARTE UN ABRAZO.

Mi cuerpo es tu casa
tu cuerpo es mi hogar
en él me acuesto
me duermo, me meto
como hormiga me subo a tu cuerpo
recorro tus brazos
te hago cosquillas,
en tu ombligo juego
de tu piel respiro
de tu boca como
de tus senos bebo
en tus nalgas me detengo a descansar.
Como pájaro sobre Laurel de la India,
en tu cuerpo me refugio.



EL MUNDO SE VUELVE HÚMEDO.

Despierto a la mitad de la noche
y no puedo evitarlo,
pensar en la última mujer que me ha impresionado,
tal vez alguna otra,
y entonces sucede:
el mundo se vuelve húmedo.



COMO PALABRA.

Como una palabra te formas,
parte por parte, te elevas
te pido
apareces frente a mi maravillosa
te muestras y no te tapa nada,
te quedas desnuda,
pero no te distingo, no te comprendo,
no entiendo lo que me quieres decir,
y te borras, te vas, te desunes
apareces con una nueva forma,
diferente,
más extraña, más significada,
menos entendida,
más palabra.

martes, 3 de agosto de 2010

Poemas de Iván Camarena. México.

Iván Camarena. Hermosillo, Sonora, 1981.

Egresado de la escuela de Letras de la Universidad de Sonora; editor, dibujante, tallerista, bibliotecario, locutor de radio y periodista cultural. Ha publicado Cuerpos de quedarse, Lamenavajas, Magdalena desnuda jugando a los poemas, y, Andarlanada.


UN ÁRBOL.

Mirar un árbol
i sentir en la garganta
cómo van creciendo sus hojas
cómo desvía las palabras en el viento

mirar un árbol
i sentir en el vientre
su raíz de silencios

mirar un árbol
i agotarlo en mí.


¿CÓMO?

cómo curarme de la vida
cuando la vida es costumbre de huesos
cartílago de pájaros
lugares de invierno

cómo curarme de la vida cuando a la vida
le duelen las piernas
i se le escapan los días

cómo curarme de la vida cuando la vida pasa de largo
i esconde su boca entre lo invisible

cómo curarme de la vida que me tira piedras i planes
la vida que lleva pantalones flacos i deudas en el hombro

cómo curarme de la vida
i sus ventanas desoladas
su ciudad de ojos
su corazón de tétanos i cortaduras
¿cómo?



DE LOS QUE SOY.

soy de los malditos que lloran escondidos
debajo de un atardecer
soy de los asesinos que jamás le arrancarían
los ojos a un niño sucio
soy de los pirómanos que pierden las manos
antes de incendiar una flor
soy de los huérfanos que a todo le hayan un techo
soy de los hambrientos con licenciatura
soy de los que se hicieron viejos en el exilio
porque no aprendieron a perderse en su propia tierra
soy de los bastardos que no supieron callarse
cuando se desplomó el rostro mutilado de dios
soy de los heridos que van siendo arrastrados
por su propia lengua de sangre
soy de los que no se salvan
de lo que soy.






SUBIRME A MI FANTASMA.

soy mi propio fantasma:
el que entonces vivió y
vive ahora, en lugar
del que huyó y muere todavía
JOSÉ PASCUAL BUXÓ

voy a subirme a mi fantasma
un cuervo de ramas que se asemejan a la noche
el entumido paso del vagabundo
la piedra cruzada por un azar en la esquina
los trenes enfermos de la mañana
la silla blanca que sostiene a un invisible
los espacios con soledad que hay de una puerta a otra
las metafísicas para sanar o cortarme las manos
los eclipses a través del aliento
un atardecer de noviembre un sorbo de agua
mi propia historia de cíclopes

voy a subirme a mi fantasma de alcohol i miel
ese tiempo caminando las bardas
ese mover de arena de las sábanas

voy a subirme a mi fantasma
para decirle que he nacido por el puro gusto de brincar en sus ojos
i dibujarle un colibrí.





ESTAR EN EL MUNDO.

estar en el mundo
sin ninguna dosis de ficción
me duele me encorva
me hace lento e imposible
tardo en amar los pronósticos del hambre
que anoche causaron en mí una ternura
todo lo vuelvo más difícil como si me estorbaran
las manos varadas en los temores
en la piel que no deja de levantarse desde el frío
ni de escupir esta enfermedad de lo estéril
estos laberintos inútiles que suceden
hasta que algo en el mundo se rompe con hervor
i asomo una pierna a la existencia
que me hace dar el primer paso en esta luz
seguida de pájaros
de búsquedas repentinas
de niño crecido en el corazón.




LAMENAVAJAS

nada
jamás
he de decir
que no sea yo
aún lo contrario
que digo
soy.



LA NOCHE I LA LUZ.

p
or aquí pasó dios i dejó este rastro lejano de sus polvos
sin embargo la noche sigue limpia a pesar de las estrellas

vientre de un animal a cuatro patas la noche nos amamanta

pozo vaciado que acerca la oscuridad de su ojo
capaz de dormirnos con su única mirada

la noche es la entraña desmedida de dios
que el día de su piel
eclipsa

qué es la noche después de la noche pero antes de la luz
cuando los continentes interiores engendran humedad
i las cosas eternas i diminutas
se cumplen afuera

la noche se ha cerrado como un puño sobre todas las cosas
i sólo deja ver en algunos poros
su esqueleto siendo de luz

berrido de la hoguera esencial que en el sol repite su nacimiento
i no hace más que negar la potencia de las estrellas

cierto albor que no se ha movido de la noche
vuelve a levantar mis ojos de sus sombras

(lástima que no todos los poemas sean una bombilla de luz
que pueda prender i apagar esta verdad siempre fija)

domingo, 1 de agosto de 2010

Poemas de Milton Medellín. México.

Milton Medellín. San Luís Potosí, 1979. México.

Poeta. Licenciado en Filosofía por la UAT. Ha publicado en las revistas subterráneas Nadie me piensa con barba, Quiero con el cerdo y Tensión Crítica; en la revista cultural local La balsa del náufrago, en la revista universitaria Uni 10 de la UAT y en Alforja Revista de Poesía. Ha sido catedrático en las materias de Pensamiento Filosófico, Filosofía Contemporánea, Filosofía de la Historia, Autorrealización en la UAT; y fue merecedor en el 2007 del Premio Estatal de Poesía Dolores Castro con el libro No cesará el desvelo. Actualmente es coordinador editorial de la Revista de Filosofía Metaxy de la UAT, imparte las materias de Filosofía de la Religión y Metafísica en dicha institución, y es docente en la Preparatoria Iberoamericana de Tlaxcala; trabaja en traducciones de John Keats, Thomas Merton, Tagore, y prepara un libro de Epigramas.


DECLARACIÓN DE AUSENCIA.


Por Milton Medellín.



<< Homenaje a Efraín Huerta >>



No es sólo la ciudad
ni sus pasos
ennegrecidos de tedio a media noche.

Tampoco la nostalgia de neón
colgando en almacenes
y antros.
Llanto fosforescente de la urbe
que clama su compasión
y su miseria.

Botellas rotas, no.
Ni su licor de baja cepa
derramado por el pavimento.
Ni siquiera la colilla de cigarro,
como mi corazón, tirada
en medio de la noche.
Apachurrada y negra.
Como mi corazón, alquitranada.

La planeación urbana de la carne
con sus calles de foco enrojecido,
la esporádica cita
que amenaza con volver a encendernos.
Podrían desfilar las amantes
por esta soledad citadina,
tampoco es el deseo.

Algo falta en mis manos
a pesar de que la ciudad es nuestra.
Algo atraviesa el costado de mi alma,
rompe la sangre en dos,
detiene inmisericordemente
el flujo de estos días con sus noches.

Hay una flama oculta en algún sitio
que esta ciudad condena.
Existe un corazón verdadero,
puro en su lasitud,
perpetuo en su bondad instantánea.
Permanece cerrado un tesoro,
un oro ensimismado y más brillante
que el sol de mediodía.

Un amor que conozco,
una mirada alegre que padezco,
una rara y misteriosa compasión
que se reparte al mundo
y no me pertenece.



BRAVATA.


Por Milton Medellín

Ya no debo escribir del amor,
sin embargo aquí estoy:
puliendo malos versos de pésimo augurio.
Hablando con lenguaje miserable
de la cosa más hermosa en este triste universo:
tu mirada.

No hay nada nuevo que decir,
todo está dicho:
precipicio de luz tu presencia,
barro de fuego en mi memoria,
transparencia fugaz,
don de lenguas.



De Catulo a Lizalde,
pasando por Carreto y Cardenal,
se ha ido construyendo esta palabra
que quema las arterias del tiempo.
Tradición mal habida de los enamorados
que conocen la mirada de dios en su alma.

Ya no debo escribir del amor,
pero duele y es cierto:
no hay palabra que sobre
cuando es la poesía quien nos consuela.





SEMILLA EN EL DESTIERRO.


Por Milton Medellín.


En dónde quedarán aquellos días
que le dieron sentido a tu presencia.
En dónde la memoria de este tiempo
que presumiste humano,
aquél movimiento de lo eterno
que respetó el transcurso de todas tus pasiones.


Todo lo que has buscado y proferido
será un anticipado abandono
en la mente de todos tus hermanos,
alma comunicada en el vacío,
sólo el silencio es real en esta hoguera
que consume tu esfuerzo de existencia.

Y serás
casi polvo de carne
cuyo rostro se descubre derrumbado,
oscuridad a un tiempo,
en el presentimiento de la luz.

Eternidad sin nombre
serás,
el testimonio,
de aquél amor que todo lo sostiene.

lunes, 22 de febrero de 2010

Poemas de José Garés Crespo.

Siempre es grato encontrarse con un nuevo libro, y lo es más, cuando te identificas con esa voz del escritor, quien te susurra sus emociones, su tiempo, sus abismos, sus desvelos desde la ausencia o desde el desamparo.

José Garés Crespo nos regala un libro de poemas que son su realidad, sus reflexiones, sus amores, sus dolencias y sus caminos, según sus propias palabras:

«Un intento de, utilizando las palabras que usan unos cuantos millones de seres, y habiendo pasado por caminos transitados por otros tantos millones, hablar de algunos sentimientos propios manteniendo la quimera de que alguien me entenderá. Una manera de forzar las palabras intentando sacar nuevos jugos»


Del Prólogo.


En Material de derribo encontramos el lado oscuro de la vida del poeta y el lado claro que nos hace leer una y otra vez la mayoría de los poemas porque son un estímulo para nuestro corazón y para nuestro sentimiento. Pero hay que decir enseguida, para que no haya duda, que Material de derribo es sobre todo y ante todo un fascinante libro de amor y sobre el amor, todo envuelto en una reflexión cívico-social-política.

La poesía para José Garés Crespo es «un intento de, utilizando las palabras que usan unos cuantos millones de seres, y habiendo pasado por caminos transitados por otros tantos millones, hablar de algunos sentimientos propios manteniendo la quimera de que alguien me entenderá. Una manera de forzar las palabras intentando sacar nuevos jugos».

Material de derribo no es un libro uniforme, como un buen museo, tiene piezas más valiosas que otras, todas de primer orden. En este sentido este libro puede parecer una antología donde se aprecia la evolución del poeta. El libro se podría resumir, en su faceta culturalista con estos dos versos:


«Ya ves, te fuiste con Janis Joplin

y regresas con Albinoni»


Material de derribo es un libro vendaval, es como si el poeta hubiera estado mudo, preso o maniatado (como evidentemente estuvo), como si hubiera perdido demasiado tiempo en la política, olvidando a la poesía que golpeaba en el pecho del poeta, como si hubiera deseado escribir y no hubiera podido hacerlo. De pronto, libre de compromiso político y social, sin ataduras (solo con las del amor), reflexiona, expulsa –vomita– todo lo que había guardado dentro.

Donde hay amor no puede haber degradación, pero puede convertir lo negativo en desengaño y puede resaltar la carga maldita que hay en la mayoría de los poemas de Material de derribo. En todo poema, decía Jorge Guillen, hay un lado maldito, como hay un lado bendito. El libro conecta, para bien o para mal, con la historia de la poesía del siglo XX: con el magisterio de Juan Ramón Jiménez o el de don Antonio Machado, la poesía amorosa de Neruda, la sombra de algunos miembros de la Generación del 27, un ramalazo de Celaya o Blas de Otero, la presencia de algunos «novísimos» y de la de los del 50, y una aproximación a la poesía de la experiencia, hasta conectar con algunas de las corrientes del recién nacido siglo XXI. Sobre todo en el libro hay una especie de complot para, a veces, desestabilizar al lector, complot que choca con una fuerza que arrastra hacia alturas y profundidades insospechadas y una sorprendente y casi irritante energía, vigor y fuerza. Material de derribo está tocado de esa luz cegadora, milenaria y mágica de los que viven en el mediterráneo, sin olvidar una de cal culturalista y otra de arena popular.


Vengo del mar, porque todavía nos une

su envoltura, y el empuje de sus olas

me recuerda el tacto de tus pechos.

Pero no de un mar, no... hablo de nuestro mar,

del único, en el que tantos dioses

han sido vulnerados por el tiempo

y miles de naufragios de soles reposan

en brazos de la luna...


La poética de José Garés, según sus propias palabras, podría sintetizarse en «Háblame de lo que quieras, pero sorpréndeme y descúbreme nuevas formas de mirar, con las que pueda hacerme cómplice». El poeta, no importa el desencanto, las puñaladas, las cárceles y las sentencias, o precisamente por todo esto, sigue esperando a Godot y aunque silba a lo lejos el tren en el que puede viajar, el tren nunca llega. En su espera el poeta tortura a la Poesía, la maltrata, la exprime, le imprime un nuevo brillo y la Poesía se deja, lo agradece y vemos una gran complicidad entre los dos.

La poesía de José Garés es un testimonio, un testigo de la biografía del poeta que va desde su época de inocencia, pasando por su época de compromiso social, para terminar en el otoño de su vida en una reflexión sobre la palabra y la filosofía de la vida, sobre el amor fogoso y arrollador, sobre la vida de tantos a la vez que la suya. Material de derribo «intenta ser también –según palabras del poeta– una reflexión poética sobre algunas circunstancias sociopolíticas y culturales de una generación que apostó fuerte por el cambio y que ahora se siente parcialmente fracasada».

En la poesía de José Garés observamos tradición y modernidad, un lenguaje de cotidianidad que el poeta mantiene en una conversación consigo mismo, con la amada y con todos nosotros. Es una poesía barrocamente desnuda, lo que no deja ser un oxímoron. Poesía difícil a veces, deslumbrante siempre, rica en imágenes, contenida en la música, controlada en el ritmo. Como la poesía que perdura en el tiempo, cuenta lo de siempre, pero con «distinta agua», aquí sería, en ocasiones, con distinta mala leche. Una poesía que hace lo viejo nuevo y lo nuevo viejo.

Lo único cierto es que un día,

como al bies de nuestra historia,

me iré sin rumbo.


Juan Ramón Jiménez lo había dicho: «...y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando /; y se quedará mi huerto con su verde árbol /, y con su pozo blanco».

Hemos tenido que esperar muchos años para que el poeta, libre, volviera a sus raíces. Y «aunque algunas ideas o imágenes sobre las que se traban algunos poemas, vienen casi de mi prehistoria, en tanto que poemas más o menos elaborados todos han tomado cuerpo el último año. Pero ya se sabe, la memoria y la experiencia son vasos comunicantes y sabes donde empiezas pero no donde terminas.» Nos dice el poeta, y confiesa: «He amado y me han amado.» Y con Lope de Vega, que tanto sabía de esto, pues lo probó y lo supo, coincidimos en el amor del poeta y del sorprendente resultado de este amor.

Material de derribo es un libro extraño, esquivo, vivo, un libro edificado y hecho con nobles materiales de derribo que entronca con la tradición y con la modernidad: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe». Y aquí tenemos uno.

Si en el atardecer de nuestras vidas seremos examinados en el amor, Material de derribo es un libro que nos puede salvar. (Prólogo) Hilario Barrero Díaz.


POEMAS.


POR QUÉ PLATÓN EXPULSÓ A LOS POETAS DE LA REPÚBLICA.

Deja de perseguir el lugar

donde aún florece la rosa tardía»

Q. Horacio Flaco.

Con el otoño llega el tiempo

de ordenar los vacíos y la palabra.

Si al menos, al final de la aventura,

volvieran, fugaces si quieres,

la sonrisa y el asombro,

tal vez, entonces, tuviéramos un respiro

en esta larga caminata, hoy sin norte,

siempre de vuelta, sombra de la luz.

Deberíamos, un día de estos,

hablar del obligado exilio,

de la nostalgia y las mareas,

antes de zarpar hacia el desarraigo.

EN LOS ESPEJOS DE PESSOA.

«Nuestro sentimiento busca sostén

en aquello a lo que él da forma».

Robert Musil.

Ligera como el recuerdo,

veraz como el humo,

tanto te deseé que apareciste

y fuiste la sal gorda de mis sueños.

Nos hicimos invisibles, de tanto como

adelgazó nuestro presente.

Súbitos espacios exhaustos,

como la mala hierba, vuelven

pegados a las vertientes de tu monte,

a la indecisión de tu perfume.

Sí, vuelves, siempre vuelves,

medrosa y confundida,

conquistada por el castigo,

y no sé qué hacer con estos labios míos

que se niegan a besar otras pieles.

Ahora, entre tú y yo, hay un cristal tenue.

ORIUNDOS DE CAMELOT.

«Lloro por mi padre, aquel buen viejo

que siempre me amó».

K. Kavafis.

Hace algún tiempo... sí, hubo un tiempo,

cuando tu nombre todavía me convocaba

y mi piel respondía atenta a tu mirada,

cuando el reverso de tu voz era el requinto

y un amor verano la máscara perpleja.

Entonces, dicen, creamos las referencias.

La perplejidad del desnudo en la sacristía

y la bendición del cordero pascual eran

como el último sustrato de tu mano tendida.

Hubo muchas caricias recurrentes, redondas,

con la mirada simple, la vida sin orden, sin causa.

Y nos precipitamos, como de rodillas,

hasta saber que somos más que múltiplos.

Unos años de complicidad y un largo exilio

fueron la tumultuosa mutación de nuestro origen.

Hubo que ensanchar la pena para que cupiese el llanto.

Tuvimos secretos comunes y mitos personales.

Ahora sé de tu última verdad, la que ganó el frío,

la fantasía que encontró soluciones reales

frente a la quimera de apresar el presente.

Ambos queríamos llegar a la tierra de nadie

y dimos media vuelta, para seguir mirando al frente.

TAMBIÉN FUIMOS FUGITIVOS.

«¿Quién nos calentará la vida ahora

si se nos quedó corto

el abrigo de invierno».

Claudio Rodríguez.

Nunca supimos

dónde encajaba nuestra historia

y la factura de lo tierno

fue el reverso de las llamas;

puede que también la revuelta

del guiño y la molécula.

Lo cierto es que compartimos

tiempo y referencias

y algunos éramos,

en el circuito nocturno de la sed,

la vela de la esperanza, la quilla de la pasión.

No hubo premisas,

solo un futuro huérfano,

unas miradas ajenas,

vacías y necesarias,

que nos hicieron olvidar

nuestras noches en precario.

Tiépolo en el recuerdo,

Kandinsky en la solapa

y el abrazo a tientas,

desarbolando bagatelas

y jadeando, repoblando los páramos

inhóspitos de líricos insultos.

Aun así, cada caricia abría una ausencia,

un eje vertical en la materia,

un último riego a la vida

y un aporte al efímero orden

que inauguramos;

incluso al latente vértice

del manifiesto que vivimos.

En verdad fuimos tan niños

que abortamos el dolor de lo nacido,

del collage obsceno sin volumen ni contexto

de un nuevo torbellino viejo,

saqueado y maltrecho.

Mayakovski nos dio el sable,

Max Planck la luz,

y ahora tú reivindicas la esperanza.

Qué más da cómo me sientas.