sábado, 15 de agosto de 2009

Poemas de Frank Vaicel Castel González.

Frank Vaicel Castel González – Cuba. Las Tunas, Cuba, 1976. Poeta, narrador y dramaturgo. Director de televisión. Tiene publicados los libros Corazón de Barco (poesía, Ed. Letras Cubanas, 2006); Confesiones a la eternidad (poesía, Ed. Sanlope, 2002) y El suave ruido de las sombras (poesía, Ed. Sanlope, 2000). Ha recibo premios y menciones en diferentes concursos nacionales e internacionales. Textos suyos aparecen en las antologías: La Estrella de Cuba, inventario de una expedición (Editorial Letras Cubanas, 2004). La Estrella de Cuba, inventario de una expedición (Monte Ávila Editores, Venezuela, 2006). Los parques (Reina del Mar Editores, Mecenas,

Cienfuegos, 2001). Cuerpo sobre cuerpo, sobre cuerpo (Editorial Letras Cubanas, 2000) y Antología Cósmica de la Poesía Cubana, tomo II (Frente de afirmación hispanista A.C, México, 2002).



La fe.


La patria esperaba a la patria que viniera

a salvarla de su abismo.

Raúl Hernández Novás.



Puerto padre, días de insomnio.


Odio los días sin morir.

Lejos de la página soy un paseante que pierde la fortuna.

Es la ciudad, me digo,

es el ritmo

o el trazo en la pared vacía.

Van las preguntas,

las horas de un futuro.

Van como una ola mientras recuerdo este lugar.

A veces me asusto del monstruo que me habita.



Fotografías, postales y un país.



Navegantes de lejanas tierras,

¿quién ha dicho que mi patria es solamente el milagro?

¿Quién asegura el otro sueño,

la razón más pura que me guía?

Las tardes reconfortan cuando deambulo

y nadie me pregunta por el porvenir.

Ustedes no entienden,

nunca entienden

porque han salido a buscar el aire limpio de un país minúsculo.

Qué les importa el parque donde no existe Dios,

ni el mendigo debajo del almendro.

Tampoco entienden los poemas

o las imágenes que sus cámaras desnudan.

Qué pueden saber de este país,

paraíso de una foto vacía y eterna.




El precio.


Nunca veré las calles por donde Vallejo tatuaba su dolor

y su mirada de semidiós caído.

Entiendo mi culpa,

debí arrancar mis sueños,

quemar los golpes,

las profecías,

los poemas.

Quizás podría conocer a Buenos Aires

y no a Borges,

caminar descalzo Penny Lane sin los Beatles,

o fabricar poemas

y firmar México D.F, primavera de dos mil y tantos.

Créanme, los viajes son la mano que nunca estrecharé.



La página vacía.


Solo frente al muro hundiéndome como un barco ciego.

Solo frente a la página vacía

sin otro exilio que me salve.

Solo frente a Dios...solo.



5 p.m.


Me falta la razón para llegar a cualquier sitio,

la música,

el secreto de la libertad

y un poema que me haga imprescindible.

Me falta el niño que fui,

la sombra para ser eterno como Borges,

el gozo de vivir lejos de las premoniciones.

Me faltan los amigos,

las manos,

la fuente donde beber

y no arrojar los sueños.

Tantas cosas me faltan hoy.



Inventario.


El recogedor de basura pasa frente a mí

sin conocer mi último poema.

Sólo recuerda las hojas de un tiempo próspero.

Maldice al buey que se detiene en la esquina donde escribo.

No añora otro lugar,

ni busca el aire de morir.

Yo le aplaudo su mudez cuando arroja esos residuos

como quien lanza su futuro a la marea.



El ciego.


Veo raíces,

palabras a mi alrededor.

Peces náufragos que no recuerdan.

Veo el cielo,

la realidad de quien asume otro rumbo.

Veo luces,

líneas,

máscaras,

mujeres desnudas,

perros llamándome cobarde.

Veo la noche,

su intensidad,

el odio y la estrechez.

Veo tanto que la náusea y yo nos confundimos.



El espejo.


País,

qué triste el rostro de quien muere en el alma

y no sabrá si Dios le perdona tanta irreverencia.

Qué triste el himno del paria

y su estrechez.

Sueño, país,

y por soñar

estoy más preso que un verdugo.

Sueño las aves que no existen,

el pasto milagroso

y el rocío.

¿Adónde iré sin tu ventana,

nube quejumbrosa,

pequeña isla del dolor a la intemperie?

Aunque me arrastren,

cuando escribo soy la inmensidad,

el viento y el amor,

la sílaba final de la batalla.

País,

qué triste ver la huella de la fe

y no vivirla.



Breve discurso del solo.


Nadie me espera con la palabra,

excepto la pared.

Con una calle al interior

dibujo noches en mi cuaderno

y vacilo.

Siempre hay un puente dividiendo milagros

y ensoñaciones.

Siempre.

La palabra es desfile de máscaras,

minucias del porvenir,

ahora nocivo como un beso.

Nadie me espera,

aunque al final no es importante

y ese mundo es un papel para regalos

sin navidad.

A veces quisiera atravesar la pared

y borrar las huellas con el olvido

y la soledad.

Pero es difícil.

Los muertos no se van

porque mis ojos lloran por el salto que no dí

y por el corazón sin fortuna de mi madre.

¿Qué es la felicidad?

¿Dónde vive?



Sueños.


Tengo la fe y la razón,

suficientes maneras de construir mi libertad.



Cuba.


Dame el silencio

que es amanecer sin más patria que uno mismo.

La fe de andar y preferir las calles sucias,

las noches,

el vértigo.

Dame el amor de alas,

no este simulacro.

Dame una razón para creer en tus ojos.


( Del Libro IV CONCURSO BONAVENTURIANO DE CUENTO Y POESÍA / 2008)

1 comentario:

Gabiprog dijo...

Algunos de estos poemas son lecciones en si mismos.

Un abrazo.