viernes, 15 de enero de 2010

Poemas de Álvaro Ruiz Fernández. Chile.

Álvaro Ruiz Fernández. Chile. (1953) Libros publicados: Dieciocho poemas, Santiago, 1977. A orillas del canal, Santiago, 1982. Es tu cielo azulado, Santiago, 1989. Casa de barro, Santiago, 1991. La virgen de los tajos, Plaquette, editorial del Instituto Oaxaqueño de las Culturas. Oaxaca, México, 1995. La virgen de los tajos, versión completa, Mosquito Editores. Santiago, 2001. Poemas del sol, ediciones de la ilustre municipalidad de La Serena, 2007. La calabaza del diablo, Santiago, 2003. Poesía chilena desclasificada, Editorial Étnika, Santiago, 2006. Poéticas de Chile, Editorial Étnika, Santiago, 2007. El lugar de la memoria, poetas y narradores de Chile, Editorial Ayún, Santiago, 2007. Antologías: Nueva York 11, poesía chilena, Editorial Galinost, Santiago, 1987. Cartas al azar, Ediciones Ergo Sum, Santiago, 1990. Muestra de literatura chilena, Congreso Internacional de Escritores “Juntémonos en Chile”, SECH/PRED, Santiago, 1992. Veinticinco años de poesía chilena, Editorial Fondo de Cultura Económica, Santiago, 1996. Viven, periplo de los poetas de Chile, Ril Editores y Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Santiago, 2002. Vagabundos de la nada, Editorial Caligrafía Azul.


Poema de la gruta.

Heme aquí en la gélida gruta

donde el sol es la puerta

que alumbra los primeros escalones

que descienden a este suelo de piedra

donde el primer hombre bendice al último

en la oscuridad que antecede a la luz.

Me alimento de filtraciones y musgos incoloros

y recorro el universo palpando los muros

que llevan a otras situaciones primeras

como el de la mujer deseando subir

los peldaños que llevan al horizonte

curvo de la vida y la recolección.

Yo he querido guarecerme abajo

grabando las primeras escenas del hombre

sobre las rocas de este altar

con tintes de sangre y sacrificios violentos

de hombres que alzaron el vaho

hacia el cielo de una noche sin astros.

De una noche en los oscuros bosques

donde los troncos del alma suben al cielo

mucho antes de que Prometeo nos diese el fuego

que iluminó los rostros y alejó las sombras

de nuestra auténtica superstición que era

un dios oculto y vengador.

Encendí antorchas en cada cueva

y en la original enfermedad de seguir a la mujer

subí a la pradera y depredé a mi alrededor

de todos los metales fabriqué distintos cuchillos

los que utilicé en el degüello de animales

con cuyas pieles me cubrí.

Todo lo restante lo dice el entierro del pasado

voces de otros hombres que vieron el sol

que sumaron, adoraron y murieron

largándose en una barca aritméticamente abstracta

hacia el centro de la memoria

en un régimen axiomático gobernado por las dudas.

Que por antonomasia son exactas

ya que la regla elude la confirmación

y el universo que es trastorno continuo

alumbra indistintamente los dos hemisferios

en la idea de una deducción a la velocidad de la luz

ausente en los prados inmediatos del color.


Monterrey.

Este es el Monterrey de los soles inmensos

agujas de fuego caen desde el cielo

traspasan al hombre de las veredas

en un mar de ondas calóricas

líneas tenues que reverberan desde el pavimento

y suben al cerebro distorsionando el paisaje

que son cerros metálicos o espejos desérticos

donde uno puede observar los hornos de una fundición

en una niebla de vapores que nada envidia a los infiernos

de ser traslación detenida

sobre el eje de la demencia que otorgan los grados.

El sol está en lo alto como un águila sobrevolando en círculos

gira sobre la ciudad y sobre las cabezas alucinadas

por fiebres ardientes de sol en las sienes

sienes que envían señales de fuego

al cerebro astro de dos hemisferios

en uno hierven recuerdos y en el otro se evapora el presente

y ambos síntomas los toma el sol para sí

ya cual dios insatisfecho

que propugna un calor que quema la tristeza

así sana al hombre y lo enloquece

con quimeras, espejismos y horizontes que no existen.

Entonces la realidad se revierte

se transforma en imaginaria

y la línea entre ambos conceptos desaparece

dame una sol para ceñirme una corona

dame ambas cervezas para aliviar la sed

de éste sol que es real

como el vuelo de aquellos barcos por el cielo

los caminantes bajo el sol hablan sucintamente

dicen a primeras verdad o mentira

¡qué importa!

las palabras tienen connotaciones inmediatas

no hay tiempo bajo el sol

las sombras nos esperan

no malgastemos los minutos

cuando las agujas de fuego caen desde el cielo

sin piedad sobre la piel quemada por los días

bajo el sol implacable de éste calendario detenido

horas después del mediodía.

en las noches sin luna aúllan los coyotes

porque el sol se ha marchado hasta de su espejo

no está en ninguna parte

entonces los coyotes lloran y lamentan

la ausencia del sol

y la hora de Greenwich calla

cuando sólo se oye el viperino silbido

de las cascabeles arrastrando la infamia

de una noche sin luna.

Bajo las brasas del sol

transpiran los cuerpos de hombres y mujeres imantados

donde el salino y fosforescente sudor

despierta en ellos la lascivia salvaje de la copulación

se unen las lenguas y las salivas

como una planta que se abre bajo el sol

llena de secreciones y transparentes microcosmos

donde pequeños planetas danzan alrededor de otro sol.

Es así el sol de Monterrey

las agujas de fuego

atravesando las sienes de sus habitantes

afiebradas realidades a orillas del río Santa Catarina

que más que agua muchas veces trajo sueños

en el paisaje del cactus y de la piedra

al norte, siempre al norte de la realidad.


Tehuantepec.

Bajo los sones de los músicos

y sus instrumentos salvajes

de viento y golpes de percusión

un grupo de mujeres

con coloridas vestimentas y flores en sus cabezas

danzan en Juchitán de Zaragoza

geográfica cintura mesoamericana

en pleno istmo de Tehuantepec

y la brisa que une a los océanos

Quedamente levanta sus vestidos

al compás cadencioso

de un ritmo en las caderas

con fulgor en los ojos

y blancos dientes perfectos.

La música, arrítmica, corta y divide el tiempo

en dos, en tres, en cuatro

bajo los sones de los músicos

y sus instrumentos salvajes.


El árbol de la soledad crece en un paraje abandonado de la suerte de la fertilidad. Al poeta Jonás.

Ahí está el árbol

no lo toquéis

ahí está el hombre

con ramas bajo el sol

y sombras que lo cruzan

como una cebra salvaje

que galopa perdida

hacia el horizonte de la infamia.

Mentiremos con los ojos cerrados

y en la oscuridad diremos

que en el cielo no había estrellas

ni hombres ni árboles en la tierra.


De “un hombre solo en una casa sola”.

A Jorge Teillier.

No fuimos capaces de incendiar la casa

reducirla a cenizas

e irnos a los bosques

sin miedo

Tarareando viejas canciones irlandesas

como aquella del marinero borracho

shanties extraídos de viejos cancioneros celtas

por los caminos polvorientos del estío

por alamedas que llevaban a la plaza del pueblo

donde las muchachas pretendían tu corazón de alondra

ahora cubierto por un frío bolsillo depositario

de estampas y angelicales medallas protectoras

en un bar de la calle Nueva York.

Con la misma canción aquella en el oído

¡qué vamos a hacer con el marinero borracho!

cruzando los brazos sobre la mesa de un otoño en la ventana

con toda la oblicuidad de la luz en el rostro.

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